Doscientos años después de su desaparición, la Bestia del Gévaudan sigue atormentando todos los recuerdos.


Sigue siendo un enigma; el más célebre de todos los que se refieren al mismo tiempo a la historia y a la biología. Algunos están convencidos de que la Bestia no era más que un nombre genérico asignado a una multitud de enormes lobos; otros piensan que se trataba de un animal monstruoso.


Lo que ningún escéptico puede discutir son los cadáveres mutilados de muchachas y muchachos que, cada mes, cada semana -en ciertos momentos cada día- cubrieron durante tres años las cumbres de la Margeride.


Hay detalles que recuerdan a un Jack el Destripador en acción, o a un sádico como el criminal de Dusseldorf. No está prohibido imaginar a uno o varios monstruos humanos que aprovecharan la ocasión de ocultar su ferocidad de locos bajo la de una bestia salvaje. No está prohibido…


Es a estas cuestiones planteadas por un drama fuera de lo común a las que Abel Chevalley trata de responder. Su investigación, presentada en forma de crónica de época, es apasionante como novela, al tiempo que posee todo el rigor de un estudio histórico.

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